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El Mercado: Concentración en Gran Consumo e intervención administrativa

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En 2008, los 10 primeros operadores de gran consumo (PGC) en España detentaban el 68,7% de la superficie comercial minorista. En 2013 ésta fue inferior al 60%, aproximadamente el 58%. La escisión de DIA del Grupo Carrefour, el desmembramiento de Dinosol (Península y Canarias), las desinversiones de Eroski fueron los principales factores que afectaron a este descenso y todo pese a los crecimientos de Mercadona, que en 2008 detentaba el 11,7% de la superficie y hoy es superior al 15,4%. 

Algunos se alarman cuando ven crecer los niveles de concentración de un sector, pero yo no veo ningún peligro si la Administración deja que cada actor del mercado tome sus decisiones y no legisla en favor de parte. Sólo tienen miedo al mercado los operadores que se encuentran incapaces de satisfacer sus demandas y solicitan prebendas a la Administración para proteger sus ineficiencias.Por el otro lado, el del consumidor, también deben estar tranquilos, pues su poder decisión es tal que son capaces de destronar al mayor operador que imaginemos si éste no colma sus expectativas.

La concentración empresarial trae a la memoria el comportamiento que se produce en sectores monopolistas u oligopolistas, y por ello no suele estar bien vista. Tengo que decir que cuando el proceso de concentración se realiza en libre competencia de mercado, con una legislación clara y sin intervención del gobernante de turno para favorecer a una de las partes, el proceso no tiene por qué ser “malo” o perjudicial. Cuando los mercados funcionan de forma eficiente, los operadores que ofrecen una mejor relación o ecuación de canje con sus productos a los consumidores suelen ser los beneficiarios de los pagos que éstos realizan. Me das valor, te doy precio. Al final, los ineficientes desaparecen del mercado.

Cuando una industria se concentra, lo normal es que el grupo de empresas líderes tenga unos costes de funcionamiento inferiores a sus rivales y acceda a mejores condiciones de compra. Esto conlleva que algunos decidan bajar precios y presionar al resto para ganar cuota, y también que puedan aumentar sus márgenes de beneficios. Que bajen los precios a quien más beneficia es a sus clientes, ya que libera para otros menesteres parte del dinero destinado al sustento. Que aumenten las empresas sus beneficios a quien más beneficia es a sus socios y luego a las arcas públicas e indirectamente a todos los contribuyentes. Cuanto más beneficios netos obtienen las empresas, más capacidad de inversión tienen, más posibilidades de promover actividad y más retornos pueden ofrecer a sus socios. También pensad, que las empresas más rentables y eficientes gozan del favor de muchos clientes, propician una limpieza en el mercado de las ineficientes y reasignan recursos a mejores destinos y no a mantener zombis en el mercado. Al final, el capital excedentario se destina al crecimiento en el propio sector o de otros que llaman su atención.

Supongamos que en un mercado el nivel de concentración es máximo y sólo quedan tres operadores repartiéndose la tarta. La rentabilidad de los tres negocios en ese momento debería ser alta y los precios medios de venta podrían haber evolucionado a la baja. En este caso, el cliente salió beneficiado.

¿Qué ocurriría en nuestro mercado si hubiese tres operadores de un tamaño similar a Mercadona y cada uno de ellos fuese tan eficiente y productivo como éste? La lucha entre ellos no sería sólo de precio, también sería por el servicio, pues hay otros factores que inciden en la decisión de los clientes y en el proceso de análisis del valor percibido, de lo que están dispuestos a pagar por el servicio que reciben.

Lo lógico, es que el capital se dirija a negocios o sectores donde haya mayores expectativas de obtener rendimiento y donde la incertidumbre de la explotación sea menor. Si se diese la paradoja de que en un mercado quedase sólo un operador y éste obtuviese altas tasas de rentabilidad, superiores a otras alternativas del mercado, el gran capital - los grandes fondos de inversión - acudirían prestos a invertir en el mismo, el operador solitario dejaría de estarlo y tendría que luchar por no perder una gran parte de su mercado (eso traería un mayor nivel de competencia). Así que si no es por la influencia a veces nefasta del legislador, el funcionamiento de unos mercados competitivos y en libertad son la mejor forma de beneficiar a un mayor número de personas. Incentivar la competencia, quitar trabas por parte de la Administración, se muestra como una de las mejores armas de redistribución de la riqueza y de satisfacción general de la población… “si gasto menos en la cesta de la compra, tengo más dinero disponible para otras necesidades”.

Así que muchas veces es la acción del legislador o la administración de turno la que provoca ineficiencias en el funcionamiento de los mercados, siendo finalmente los consumidores los que pagan las consecuencias. Mercados regulados - monopolios de hecho - como los de venta minorista de tabaco o medicinas, donde los operadores conocen cuáles son sus márgenes definidos por ley suelen mostrarse menos eficientes y de mayor coste para los consumidores que si estos operaran en libre competencia.

Pensemos en los establecimientos de Farmacia, por ejemplo.¿Cualquier licenciado en farmacia puede abrir un establecimiento? ¿Hay libertad para fijar los precios de venta al público de las medicinas? ¿Quién resulta perjudicado?

Pensemos en los mercados municipales o plazas de abastos y las trabas que imponen algunos ayuntamientos para ejercer en cercanías una actividad similar y en competencia. Si hay un operador más eficiente o que goza del favor del público y éste considera que puede ser el beneficiario de parte de sus rentas ¿por qué no puede instalarse cerca de la plaza de abastos? ¿Acaso no es el emprendedor quien arriesga su dinero y calibra un posible error y el quebranto que conlleva?. Entonces, ¿a quién defienden? ¿A unos pocos comerciantes o a la gran masa de consumidores?. Esto es cercenar la libre competencia. Si un mercado municipal no es capaz de aguantar los envites del mercado, no es capaz de colmar las expectativas de sus potenciales clientes, lo que se hace al protegerlos es dejar que malvivan cual zombis y que sus excesos de costes se sufraguen entre todos

Hace pocos días hablaba con un fondo de inversión extranjero de las empresas zombis que había en nuestro mercado de gran consumo. Al principio no me entendió, después de explicarle las vicisitudes financieras de algunas y de las trabas legales para la apertura de establecimiento, entendieron. Aquí tenéis lo que dice nuestra RAE sobre “zombi”.

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Puede ser de interés el artículo “La verdadera importancia del cliente para las empresas”.

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