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Consomé envasado para el lineal de la Edad del Fuego

De Victor G. Pulido

 A María y Fernando, para que hagan felices a sus padres.

Si el viaje al pasado pudiera ser una realidad física, un tangible espacio-temporal, esto es, si para su comercialización se pudiera materializar en producto, no dudaría en pensar que en “Viajes El Corte Inglés” instalarían un coqueto “corner” en el vetusto “Palacio de las Veletas”. En el escorado pasillo de salida para visitantes de esta sede del Museo Arqueológico Provincial de Cáceres, portón de “La Casa de los Caballos”, asigna mi ensoñación un par de sillas frente al mostrador para la agencia madrileña de viajes. Situado sobre él, un gran reclamo -bien podría ser una televisión de plasma o un vinilo adhesivo, según el gusto del lector- que rezara “Lo ha visto en el museo. Ahora vívalo de verdad: viaje a la prehistoria”. Sin duda nos embarcaríamos ambos. Porque este amago de virtual viaje que sostenidamente corresponde a mi sola ficción acabaría con una vieja discusión real entre dos jóvenes amigos. Discusión, dicho sea, acerca del origen del comercio y circunscrita en torno a una cuestión tan concisa como aparentemente pueril: ¿cuál fue el primer producto de la historia elaborado para su comercialización: la lanza o el consomé? Accediendo al museo extremeño, cuya noble edificación alberga, en la ciudadela medieval cacereña, una de las colecciones más representativas de la arqueología lítica continental, para mí no cabe la menor duda. Para mi colega, un excelente museólogo del Museo del Ejército confundido en su condición de conservacionista por su porte militar, tampoco. Espero convencerle de mi postura tras su visita a los útiles de mis ancestros de Maltravieso. Él, persiguiendo la misma pretensión, trae consigo desde Toledo diapositivas en su i-book de armamentos milenarios. Quien pierda la batalla dialéctica -más que historiográfica- invitará a su oponente a cenar en la Real Hospedería Conventual de Alcántara (antiguo Monasterio de la Orden). El castrense aún no lo sospecha, pero adivinen qué sirven allí de entre los platos entrantes y por qué*. Aquí empieza mi alegato.

Antes del agua, no existía vida. Condición por la cual cayó sacia desde el cielo hasta cubrir fosas luego marinas. Con el transcurso de las centurias quiso el diluvio acabar la tarea hasta rebosar costas y acantilados. Una vez consumada tan titánica tarea, también cayó el líquido elemento incesante y fino para los seres y la vegetación. Volviéndose intemporal ante la evolución, la lluvia vio desfilar bajo su regazo dispares especies hasta que, al fin, llegó el turno cósmico del mamífero. El primer gran paso cultural del hombre, presenciado por la lluvia también, fue el útil. El primer útil que se conoce en la historia (o mejor deberíamos sugerir prehistoria) fue una punta de arpón para la pesca. Pero la primera herramienta comercial sin duda fue la antorcha primigenia. Efectivamente, una rama de árbol desprendida y ya despoblada de sus frutos podía no sólo ayudar a mantener un fuego, sino a reavivarlo, a transportarlo. El esfuerzo nómada de llevar un recurso como la combustión viva allá donde se precisaba o no se conociera, exigía el reconocimiento para el portador de una contraprestación mediante un sistema de trueque. Bien podría ser que este menudeo acabara en fuego por agua (no salina); o bien, por qué no, de fuego por aire (entendiéndolo como la ausencia de su virulencia, esto es, refugio). Como dictara la paleontología que fuere, entendemos que este protocomercio, este intercambio de elementos naturales supuso la chispa que prendió el motor de la historia. Puesto que la humanidad nació bajo la misma aurora que vio concebir el comercio, éste se antepuso como conocimiento a lo hierático, al arte, a la técnica y a la ciencia.

Del regalo de un primer rayo ante un asentamiento estacional partió, en definitiva, todo: el fuego como refugio, la posterior agua de lluvia como sostén, el hielo como conservación, la sal como polvo arrastrado de sedimentos, el fraccionamiento de roca -por defracción eléctrica- como herramienta. Para entonces no obstante el germen de lo que sería el hombre ya se percató que la tierra en su contacto con la lluvia se transformaba en lodo, dibujando para el homínido la plasticidad de poder conferirle formas y volúmenes inspirados por su necesidad y moldeados tan sólo en su mente. Mas de esta suerte de parecer la materia no se transformaría al antojo de su imaginario, no bastaría con invocar al objeto para que éste se apareciera. Así, las vasijas de barro imaginadas no caerían del cielo como lo hizo el fuego. Por extensión de este inconcebible, tampoco los útiles evolucionados de caza emergerían caprichosamente de las rocas o restos óseos como así fue para las originarias puntas de lanzas; ni mucho menos los cuencos de arcilla espontáneamente concebidos vararían en la playa como los bivalvos por efecto de las mareas tras amanecer. A pesar de haber elaborado la naturaleza con sutilidad la taxonomía de la abundancia y la diversidad, fue aun así apremiante que, para que el comercio prosperase y la creación dirigiera sus propios designios, los dioses se negaran durante milenios a transformar las ideas de los hombres en objetos. Así el animal-hombre terminó asumiendo su emancipación de las deidades no esperando más de sus regalías que sus ya propias extremidades en un intento de aplicarlas sobre la materia bajo los dictados de su razón técnica. El adiestramiento de las manos y falanges lo dotó de interacciones prácticas y así los primeros de nuestra especie dieron forma y norma al recipiente de barro y cerámica para la conservación o maduración de los alimentos. Quiso no obstante la naturaleza que, a modo de premio por este logro evolutivo, la humanidad primigenia acertara con la cocción de los líquidos a partir de su extracción de los sólidos: de esta guisa convirtió el agua en caldo; y el caldo al mismo tiempo en sustento.

Puesto que partimos de la máxima según la cual el hombre se diferencia de los propios animales por aquello qué únicamente ellos pueden llevar a cabo para su propia subsistencia (lenguaje articulado y simbología, pensamiento crítico, ideación técnica, deificación de los fenómenos ambientales, capacidad de emulación o fingimiento, etc.), podemos concluir que los refinamientos gastronómicos propiciaron uno más a los diferentes tipos de inteligencia adaptativa que desarrollaron nuestros antepasados. La desecación de las carnes y la conservación de los caldos (en su mayoría compuestos de una importante cantidad de agua) fueron propiciadas por las bajas temperaturas, lo que generó un excedente en determinadas comunidades. Deliberadamente, el hombre comenzó a comerciar sus reservas elaboradas, envasadas, especialmente caldos, cuando dispuso al unísono de recipientes versátiles resistentes a la intemperie y la luz. Y allí nace la Historia, en un primer lineal prendido a lomos de un buey y una mula cargados de cántaros: la primera muestra de inteligencia cultural humana es, irrisoriamente, la elaboración de un consomé para su venta en la edad del Fuego. Lo que nos diferencia de las bestias, en un primer origen, es el comercio, no la escritura, no el lenguaje, no el arte. El hombre afanado en la conservación de sus elaboraciones fue la primera unidad de proceso cultural, ya no sólo de producción y comercialización. De hecho, tuvieron que transcurrir varios milenios para que la humanidad descubriera el metal, la ira y el odio. Con el mismo sílex o hierro que se abatían alimañas quisieron comunidades enteras, tecnológicamente más atrasadas y quizás carentes de recursos, emplearlas contras sus hermanos evolutivos. Fue entonces cuando el hombre primitivo comerció con armas cuando otros las demandaron: la mitigada caza por la presa tras la aparición de los cultivos dio lugar a la impulsada del hombre por el hombre. Mas mucho antes de la intervención de la guerra en el hábitat como sistema organizado de lucha, el agua se convirtió en caldo al igual que el barro en vasija; y, sólo cuando el hombre a través de la práctica bélica se retrotrajo animal, el comercio fue olvidado como proceso de progreso. Al igual que los animales, puesto que los guerreros no cocinan, ningún ejército tiene necesidad de comercialización.

*Cuentan las crónicas escribanas que durante la libración de la Guerra de la Independencia contra Francia, un alto mando de las tropas de ocupación, el General Junot, sustrajo en 1807 la “receta de consumado” a un monje durante su refugio en el Monasterio de la Real Orden de Alcántara. No es menos cierto que en Francia no conocieran nada parecido, pero la naturaleza española del caldo de “consommé”, que en nada debía su origen a la cocina francesa, añadía al proceso de cocción un mayor número de ingredientes. Gracias a este tratamiento, al caldo se le proporcionaba en la península una mayor densidad, textura y aroma; y ese fue el motivo por el cual, como todo buen francés amante de la cocina, Junot exportara el enriquecido toque ibérico al recetario del país cuya bandera defendía. Hoy el consumé se considera un plato típicamente francés, sirviéndose en la mesa por unidad de comensal.


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DEL LACOSTE AL LOW COST (III): Let’s copy, low cost

Se cumple así la ley del marketing según la cual todo producto que mediante su excelencia tiende a ser demandado, debe sufrir el reconocimiento de ser replicado. El homenaje a un producto es su reproducción ilegítima. La condena del replicante es admirarle por el talento de un arte ajeno. La ventaja del cliente es la accesibilidad virtual, el disfrute del simulacro. La remisión para la industria, moverse en círculos concéntricos de subproducción. El producto de esta guisa se convierte en “subproducto” y el cliente en “subconsumidor”. El saicismo, vástago del “low cost”, hijo bastardo del toyotismo, no fabrica malos productos, tan sólo malas marcas, subconsumidores.


Víctor G. Pulido para “Desde mi Atalaya”.



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Pekín deslumbró en el amanecer de su modernidad una ciudad de campanillas. Las bicicletas alegres formaban parte de su escenario decimonónico. Todo en la urbe imperial se asemejaba desde aquel entonces a un enjambre de grillos, con sus timbres de manillar incesantes, advirtiendo constantemente de su omnipresencia. Todo rinrineo se debía a la advertencia según la cual muchas de ellas no disponían de frenos que evitaran atropellos y colisiones. Y así fuera hasta en los preludios de la caída del Muro de Berlín, donde en la capital del Oriente era prácticamente inimaginable desplazarse por un medio que no fuera el bicícleo. En las calles angostas, las más cercanas al politburó, apenas veían dispersada su circulación de pedaleo por escasos berlinas oficiales Volga importadas por Moscú o por las patrullas “Lada” policiales. En las más alejadas de Tiananmen, por los urbanos y circulares. El vehículo era por lo general un bien público o, en su caso, oficial. Y, realmente, nunca se impuso más por necesidad que por deseo. Cuesta entonces creer que el que hasta no hace mucho era el país de las bicicletas, transcurridos poco más de dos decenios, la República Popular constituya acaso el primer montador mundial de automóviles. Prueba de su desconcertante producción local, que alberga ya más de una docena de fabricantes (“Saic”, “Buick”, “Chery”, “Xiali”, “Geely”, “GZ” y “Hafei”, entre otras casas), es su acompasada capacidad exportadora de este bien a países limítrofes. Y de la inercia vertiginosa de este circunspecto clúster se pretende dar alcance a los Estados Unidos previsiblemente antes del próximo campeonato mundial de fútbol en Brasil, para la que China espera clasificarse por segunda vez en toda su historia en consonancia con su protagonismo de primer orden en el mundo.

Para escenificar todo su potencial automovilístico ante los ojos del mundo el gobierno pekinés decidió que apostaría institucionalmente por este producto, icono por antonomasia de las sociedades industrializadas, creando en torno a su naturaleza un evento anual. De esta suerte de decisión tomada a raíz del nuevo milenio, nació de China su mejor escaparate industrial: el “Salón Internacional del Automóvil” con sede en la ciudad que el desarrollo del gigante asiático a convenido en llamar Beijing. Quizá no delate el encanto de la “Fira” de Barcelona ni tampoco contengan las seducciones de un congreso en Las Vegas, pero sin complejos ni renuncias esta inmensa feria da lugar al pavor. Durante el último lustro, más de la desaforada cifra de mil cuatrocientos modelos de al menos poco más de una veintena de países exponen sus novedades en un infinito hangar digerido mediante trayectos en cochecitos de golf. Exóticas azafatas sonrientes custodian los todoterrenos japoneses u operarios de impoluta bata blanca y gafas los europeos; para el sector de las marcas emergentes, afanadas coreografías realzan el producto nacional en un inmenso parque ferial dotado de las últimas tecnologías y prestaciones. Definitivamente, Detroit destronada, desposeída de su cetro y corona. La exposición de Beijing, sin duda, representa el epicentro comercial del motor y, como no podía ser de otro modo, la metrópoli de las bicicletas se ha convertido en la ciudad de los automóviles. Si uno de los síntomas del progreso es la nostalgia, podemos imaginar cómo la Ciudad Prohibida siente añoranza por sus vetustos ciclistas tanto como los turistas se han apropiado del clásico transporte para cortejar sus muros. Y es que el desarrollo chino ha invertido la lógica material de las mentalidades: defenestrado el coche en las grandes ciudades europeas, en Oriente es sinónimo de prosperidad.

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Uno de los motivos que da respuesta a esta eclosión de la presencia de vehículos en las grandes y medinas capitales chinas, aparte del crecimiento contante y acelerado de su renta per cápita y el incremento de sus viales, es lo accesible de su adquisición. Para una gran mayoría de clase media emergente e importadores periféricos, Shegzhen diseñó el “low cost” de procesos, que persigue el abaratamiento integral del producto en todas sus fases de desarrollo y comercialización. En este empeño, su mayor innovación, se ha visto dibujado en las facciones de su nueva concepción industrial. Sus modelos son predominantemente vistosas carrocerías cuya línea esconde un ensamblaje a tres chasis acompañado de materiales ligeros acoplados; sus vísceras se nutren de componentes estándar de valor medio y a todo ello se suma una tecnología de ensamblaje asimilada de la competencia (toyotismo principalmente); por la vertiente menos tecnológica se distingue una mano de obra intensiva, una logística externalizada, total ausencia de toda maquinaria publicitaria, financiación blanda y una baja presión fiscal (esto último, hasta nueva orden). Como además, a nivel organizacional, entre las casas de coches chinas se sindican infraestructuras, comparten estándares de piezas de montaje y se organizan bajo una red común de distribución (concesionarios multimarcas), sus costes tienden aún más a la reducción. Bienvenidos a lo que para muchos es la nueva concepción comercial del vehículo, el “low cost”. Y para lo que otros tantos menos efusivos simplemente debe llamarse saicismo, un espacio límbico donde al vehículo se le desprovee de lo único que aún se le respetaba: su alma. Pero tanto a los que aplauden el nuevo paradigma de producción como a quienes les aterra, tienen a bien en dejarlo en mal lugar… ¿Esto quiere decir que son malos los coches chinos en contraposición a los de las marcas tradicionales?; hablando en plata no mucho más que los actuales coches occidentales: porque el ensamble de producción china constituyen en sí lo que concebiríamos en Europa como “marca blanca”, sólo que en este caso, de vehículos. De hecho, “Honda” equipa con motores a “GZ” y “Volkswagen” a la misma “Saic”. Y aunque “Faw” mantiene diversas alianzas tecnológicas con “Toyota” al tiempo que deposita su confianza en equipamientos alemanes, conserva su identidad de fabricante. La diferencia final entre unos y otros simplemente es que los chinos logran, mediante multiprocesos cruzados, que sean más baratos. Ni más ni menos.

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No obstante, este empecinamiento de estas casas por su identidad de marca contrasta con sus logros de precio. Puesto que es cierto que existe indicios en que su creatividad está programáticamente restringida. Honestamente, poco o nada aportan muchos de los fabricantes chinos a sus propios acabados, según lo tradicionalmente entendido para la manufactura del automóvil. Algunos mercadotécnicos alegan, además, que muchas de estas marcas no deberían considerarse ni como neutras ni como tales, al comportarse en la práctica como meros ensambladores. En cierto modo razón no les falta cuando el estudio del diseño y la línea es otro de los aspectos que descuidan los nuevos fabricantes orientales en pos de la reducción de su estructura de costes. Su plan de ajuste es tal en algunos de ellos se limitan a mimetizar las tendencias y diseños elaborados por otros. Muchos de los lanzamientos de las casas chinas, son réplicas en mayor o menor grado no disimuladas de los jeeppers, turismos y berlinas más exitosos del mercado internacional. Así, entre múltiples ejemplos y semejanzas, el Jeepzter bien podría ser la copia china del Hurricane Concept de “Jepp”. Y el Merrie 300 de “Geely” el clon perverso de un Mercedes de la Clase C. Y a todo esto no podemos dejar de obviar que el Laibao SRV es un impecable homenaje al CRV de “Honda”. La desfachatez de la industria mandarina a la hora de replicar diseños no se contenta únicamente con líneas o tendencias estéticas comerciales. Cualquier visitante a un concesionario de Shenghen o bien al “Salón del Motor en Shanghái” esboza una incontenida sonrisa cuando algunos ensambladores chinos emulan logotipos simulados de marcas reinas con los que casualmente no tienen acuerdo de transferencia de procesos o tecnología. Ocurre con la carrocera “BYD”, que lo toma prestado de “BMW”; y así le sucede a “Toyota” a la par que la misma “Geely” lleva a cabo para su logo ligeras modificaciones sobre el emblema del constructor japonés. Se cumple así la ley del marketing según la cual todo producto que mediante su excelencia tiende a ser demandado, debe sufrir el reconocimiento de ser replicado. El homenaje a un producto es su reproducción ilegítima. La condena del replicante es admirarle por el talento de un arte ajeno. La ventaja del cliente es la accesibilidad virtual, el disfrute del simulacro. La remisión para la industria, moverse en círculos concéntricos de subproducción. Y cerrando la cadena de transmisión, definitivamente el producto de esta guisa se convierte en “subproducto”, y el cliente en “subconsumidor”. El saicismo, vástago del “low cost”, hijo bastardo del toyotismo, no fabrica malos productos, tan sólo malas marcas, subconsumidores. Nuestra era ha penetrado en una nueva etapa de la relaciones con el medio productivo y su utilidad social, la edad del subconsumismo. A Rey muerto…

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Víctor G. Pulido

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